Durante las décadas de 1950 y 1960, la Gran
Vía volvió a vivir un periodo de gran esplendor, una época dorada en la que la
arteria madrileña se convirtió en el reflejo de un Madrid cosmopolita y abierto
al mundo tras las penurias de la Posguerra. A esta imagen contribuyeron las
visitas de los artistas más destacados de Hollywood, que atraídos por el
comercio de lujo y los establecimientos de ocio de la Gran Vía dejaron huella
en locales como Loewe, la boutique del
maestro Balenciaga, grandes joyerías como Grassy o Sanz o el archiconocido
Chicote, donde se servían los cócteles más exclusivos de Madrid.
Pero la Gran Vía era, ante todo, un lugar lleno de
vida, que comenzaba a soportar el tráfico de los primeros coches utilitarios
como el popular Seat 600. De día los madrileños encontraban en sus locales moda
para todos los bolsillos, acudían a las numerosas academias de secretariado o
corte y confección que se abrieron por aquellos años o acudían a merendar a
algunas de las cafeterías de más prestigio de la capital, como California. De
noche, el bullicio de las salas de cine, donde se proyectaban los estrenos más
esperados se mezclaba con el glamour de
los locales nocturnos más chic de la
ciudad.
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